Toda persona tiene un punto de su vida en el que cae. Me asombraría más bien si esto no pasara. Desde un pensamiento, una frase o un sentimiento... todos estamos susceptibles a fallar.
Somos humanos, no somos perfectos, fallamos, pecamos, caemos; y cuando eso pasa, a algunos les toma algún tiempo, a otros sólo un instante, sentir que nuestro mundo se cae con nosotros. Después de haber sido tan "buenos", después de ir con Dios de la mano alegres y felices, se la soltamos y caminamos a donde mejor nos venga en gana y hacemos lo que "mejor" nos haga sentir.
Pero, como todo en esta vida, ese bienestar que no da Dios, es efímero, se esfuma apenas lo sentimos; y es allí donde nos vemos solos, sentimos que no hay nadie, que Dios nos dio la espalda y que ya no hay marcha atrás... La mayoría de nosotros incluso puede llegar a pensar: "¿Qué querrá Dios conmigo ahora si le fallé? Ya no soy útil"... Y en vez de correr de nuevo a su encuentro, nos quedamos estancados en donde quedamos.
Aunque sea cierto, aunque hayamos retrocedido miles de kilómetros, la buena noticia es que Dios no es humano, quienes señalamos la mínima arruga de alguien sin compasión, y lo peor de todo, creyéndonos tener la autoridad para hacerlo.
No, Dios no es humano, Él es perfecto y Él es amor, por ello siempre hallaremos otra oportunidad de volver a comenzar, de volver a tomar su mano para no soltarla jamás... ¿Por qué?, porque siendo bueno, realmente y perfectamente bueno, Dios no puede negarle el perdón que ya de antemano regaló a quien realmente esté arrepentido de corazón; y está tan lleno de amor que no puede negar la gracia que en Él sólo encontramos aunque no la merezcamos.
Nada es más importante que esto, que nadie puede señalarte ni humillarte, nadie tiene autoridad para esto, ni siquiera nosotros mismos, porque todos fallamos y todos vamos a fallar. En Dios siempre hay perdón, Él no te señalará si estás arrepentido, al contrario, extenderá toda su mano para que la sostengas por siempre.
No hay comentarios:
Publicar un comentario