sábado, 16 de agosto de 2014

Canta con todas tus fuerzas.


     De todas las veces en las que Pablo estuvo preso, hay una en particular que llama mucho mi atención. Se trata de aquella ocasión en la que se encontraba en el rincón más escondido de una cárcel y estaba atado hasta los pies. A eso de la media noche, sólo hizo lo que mejor sabía hacer: oró y cantó a Dios con todas sus fuerzas, y tales fueron esas fuerzas que el resto de los presos lo podían escuchar. De repente, sobrevino un gran terremoto que hizo que todas las rejas de las celdas se abrieran y todas las cadenas de los presos se soltaran. 
     Me imagino ese momento: están todos durmiendo, en plena oscuridad, cada uno en su propio encierro,  escuchando, y tal vez soportando, a unos hombres cantando quizás con una voz no muy bella, y de repente todo se estremece; las puertas se abren, las cadenas se sueltan... pero nadie se movió de su lugar. Pienso que tal fue el asombro de todos, que no les dio tiempo ni de emitir sonido alguno. El carcelero en su desesperación, quiso matarse, porque pensó que todos habían escapado, pero no fue así... Pablo lo detuvo, y el hombre sólo reconoció lo que había pasado: la liberación que sólo proviene de Dios, y quiso saber cómo obtenerla... Todo porque una persona decidió cantar con todas sus fuerzas.
     Ahora bien, en el mundo en el que nos encontramos, cada persona se encierra en su propia cárcel, podemos llamarlas pruebas, rencores, adicciones, mentiras, falta de perdón... y así continua una larga lista. Todos hemos pasado por ese oscuro momento, pero la diferencia entre salir de esa cárcel, o no, está en cantar. ¡Si!, canta con todas tus fuerzas, háblale a Dios con todo tu corazón, de tal forma que todos puedan ver a simple vista que eres libre de lo que fuiste alguna vez, que Dios te escucha y responde soltando las cadenas que alguna vez te oprimieron, llámese tristeza, aflicción, dolor, confusión, o lo que sea... Dios te puede librar de todo si sólo así lo deseas.
     La adoración trae liberación... así como esos presos se les soltaron las cadenas por una persona que cantó y oró con todo su corazón, las personas que se encuentran a tu alrededor podrán ver ese "terremoto" que removió lo que te encerraba haciéndote libre, y que del mismo modo puede ocurrir con ellos también, si sólo deciden cantar con todas sus fuerzas.
     

martes, 12 de agosto de 2014

¡No te señales más!



     Toda persona tiene un punto de su vida en el que cae. Me asombraría más bien si esto no pasara. Desde un pensamiento, una frase o un sentimiento... todos estamos susceptibles a fallar.
     Somos humanos, no somos perfectos, fallamos, pecamos, caemos; y cuando eso pasa, a algunos les toma algún tiempo, a otros sólo un instante, sentir que nuestro mundo se cae con nosotros. Después de haber sido tan "buenos", después de ir con Dios de la mano alegres y felices, se la soltamos y caminamos a donde mejor nos venga en gana y hacemos lo que "mejor" nos haga sentir.
     Pero, como todo en esta vida, ese bienestar que no da Dios, es efímero, se esfuma apenas lo sentimos; y es allí donde nos vemos solos, sentimos que no hay nadie, que Dios nos dio la espalda y que ya no hay marcha atrás... La mayoría de nosotros incluso puede llegar a pensar: "¿Qué querrá Dios conmigo ahora si le fallé? Ya no soy útil"... Y en vez de correr de nuevo a su encuentro, nos quedamos estancados en donde quedamos.
     Aunque sea cierto, aunque hayamos retrocedido miles de kilómetros, la buena noticia es que Dios no es humano, quienes señalamos la mínima arruga de alguien sin compasión, y lo peor de todo, creyéndonos tener la autoridad para hacerlo.
     No, Dios no es humano, Él es perfecto y Él es amor, por ello siempre hallaremos otra oportunidad de volver a comenzar, de volver a tomar su mano para no soltarla jamás... ¿Por qué?, porque siendo bueno, realmente y perfectamente bueno, Dios no puede negarle el perdón que ya de antemano regaló a quien realmente esté arrepentido de corazón; y está tan lleno de amor que no puede negar la gracia que en Él sólo encontramos aunque no la merezcamos.
     Nada es más importante que esto, que nadie puede señalarte ni humillarte, nadie tiene autoridad para esto, ni siquiera nosotros mismos, porque todos fallamos y todos vamos a fallar. En Dios siempre hay perdón, Él no te señalará si estás arrepentido, al contrario, extenderá toda su mano para que la sostengas por siempre.